CANARIOS

DEL

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lunes, 22 de junio de 2015

HERMANADOS



Las Palmas de Gran Canaria y Florencia



Benito María de los Dolores Pérez Galdós,  nació en Las Palmas de Gran Canaria (GRAN CANARIA),  conocido como Benito Pérez Galdós; fue un mejor novelista, dramaturgo y cronista español de todos los tiempos. 

Los orígenes fundacionales de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria se remontan al año 1478, concretamente al 24 de junio (día de San Juan).

Los españoles - desde hace más de un siglo - hemos podido recorrer Florencia (San Giovanni) de la mano de Don Benito; el que esto escribe ha tenido la suerte de poder disfrutar y pasear,  de la mano de una maravillosa mujer, por la ciudad más bella del mundo...

"El que vaya a Florencia sin conocer, aunque sólo sea superficialmente, la obra de Dante Alighieri, no gozará del principal encanto que aquella ciudad ofrece.

Porque Florencia está llena de memorias del gran poeta. Parece que no ha dejado de habitarla el espíritu de éste, que la lengua por él creada y ennoblecida es la misma que se habla hoy allí, y que su recuerdo está vivo en la memoria de los florentinos, coetáneos nuestros, cual si no nos separara de la fecha de su muerte el enorme lapso de cinco siglos y medio. En efecto, pocos hombres han vivido y viven en el sentimiento de la humanidad como éste extraordinario cantor del dolor y de las aspiraciones sublimes de nuestro espíritu; pocos han ganado como él esa consagración en el tiempo, por lo cual su poesía no puede envejecer ni sus versos marchitarse. Su retrato, pintado por Giotto, nos lo representa con una azucena en la mano. Esta flor viene a simbolizar la perdurable frescura de su ficción poética, profundamente humana y, por tanto, eterna.

La transición del siglo XI al XII, en cualquier otro país, habría pasado dejando tras de sí sombras históricas que no hubieran permitido conocer bien los hechos y las personas. Pero en aquel turbulento período, Italia poseía tantos elementos de cultura en relación con el resto de Europa, que la vida de Dante nos es conocida hasta con prolijidad, como la vida y acciones de los personajes que vivieron en pleno siglo XV. Esta claridad parece que acorta la distancia en el tiempo, que la figura se nos acerca y podemos verla en todo su relieve.

Consérvase en Florencia, en una de sus calles más céntricas, la casa en que el poeta nació. Dentro de ella se exhiben diferentes recuerdos, algunos de los cuales son de indudable autenticidad; otros revelan cierta propensión a explotar la memoria de Dante, como se explota la fe religiosa en ciertos lugares de peregrinación devota. Las cenizas del gran poeta no están en su patria, pues sabido es que murió en Ravena y que allí esta sepultado. 

Pero la iglesia de Santa Croce ostenta en su soberbia galería de monumentos sepulcrales el del autor de la Divina Comedia, mausoleo imponente al que sólo le falta, para infundir veneración, contener los huesos de la persona a quien está dedicado. 


Es una hermosa custodia sin hostia. En la plaza de la misma iglesia, se ha erigido la monumental estatua del grande hombre, bellísima y por todo extremo interesante. Aquéllas son las austeras facciones  del poeta a quien parece que hemos conocido - ¡ tan divulgada está su fisonomía ! -, aquella su actitud noble recogida, con el airoso traje talar y la capucha florentina. A su lado tiene un águila, emblema del partido gibelino y de la idea política que tantas inquietudes llevó a la vida del poeta, y en el pedestal, concisa y elocuente inscripción.
Otros recuerdos de Dante hay en distintos puntos de la ciudad, tales como la piedra llamada sasso di Dante, frente a la catedral, donde se sentaba de noche a tomar el fresco, según dice la tradición, en tertulia de amigos.

Nadie que sea un poco versado en letras dejará de conocer los tres cantos del poema en que el gran florentino condensó lo divino y lo humano y todo el saber de su época. El Infierno es, por su carácter dramático y hasta cierto punto histórico, la más leída en nuestros días de las tres partes de esta obra maravillosa. Pero en el Purgatorio es quizá donde resplandece con mayor esplendor la inspiración del poeta y donde se ve la más perfecta armonía entre su naturaleza moral e intelectual. 

Nada causa tanta maravilla en este poema como el sentimiento de la realidad que palpita en todos sus cantos. La broza retórica no existe en esta obra sin igual, y los artificios poéticos son tan raros que apenas se les nota. De cuanto existe en la Naturaleza, Dante, con admirable selección, pinta el hombre. El hombre en su tema único así bajo el punto de vista de las pasiones como en el sentido ideológico. Los accidentes de la Naturaleza, que tanto juego dan a los poetas de todos los tiempos, apenas merecen una mirada fugaz de aquel ingenio superior que sólo gusta de manifestarse en las grandes empresas. De aquí proviene la sobriedad de tan gran poema, el cual abraza todo el mundo moral en breve espacio.

En cuanto a la lengua admirable en que la mayor gloria de la península Itálica, puede decirse que Dante la creó, en tiempo en que el latín era el idioma de la Iglesia y del Estado. Lo pasmoso es que en el siglo XIII tuviese un escritor la suficiente fuerza de estilo para ennoblecer una lengua sin antecedentes literarios de cuenta, y que sólo se había manifestado en al balbucir de la poesía popular; y si comparamos el italiano de la Divina Comedia con las demás lenguas que en aquel tiempo hablaban los pueblos de latino origen, nos parecerá ver un refinado palaciego rodeado de hombres rústicos y medio salvajes. El español y el francés han tenido desde las ingenuas literaturas del siglo XII hasta los últimos siglos todo el desarrollo educativo de que es susceptible una lengua, mientras que el italiano de Dante apenas se diferencia del de Leopardi, porque Dante lo encontró cultivado y lo trabajo y perfeccionó él mismo, adelantándose a su época.

Dante fue soldado en su juventud, amó a una tal Beatrice Portinari y la idealizó en sus versos, haciendo de ella una figura celestial digna de morar entre los santos. Este amor extraordinario y puro no impidió al poeta casarse con Gemma Donati, de quien tuvo seis hijos.

Los disturbios en su patria y la enconada lucha entre el Imperio y la Iglesia, arrastraron a Dante. Padeció persecuciones, teniendo que abandonar su patria; buscó un asilo en Verona, primero, junto a Can Grande de la Scala, y después en Rávena, donde murió a los cincuenta y seis años de edad. Fue ardiente gibelino, y sus ideas políticas se reflejan claramente en su obra capital, que, bajo este punto de vista, ofrece gran interés a la crítica histórica. Aunque ardiente católico y respetuoso con el pastor espiritual del rebaño de Cristo, Dante flageló los errores de la Sede romana y los vicios de algunos eclesiásticos. Su ideal político era la creación de un gran imperio romano de derecho divino que reuniese en un cuerpo robusto los dispersos miembros de los pequeños estados que en aquellos aciagos días se devoraban en sangrientas discordias.
Esta idea de la unidad ha sido en todos los tiempos el sueño de cerebros más privilegiados de la península Itálica. A los acentos quejumbrosos y sublimes de Dante en el siglo XII, responde Leopardi en el nuestro con ecos de amarga desesperación. Dante creyó que Arrigo de Luxemburgo encarnaría su idea capital, constituyendo el imperio de Occidente; pero se equivocó. Las divisiones de Italia continuaron formando en la sucesión de los siglos la historia más interesante y dramática que conocemos y poniendo a los italianos bajo el yugo de diversos príncipes, o de los conquistadores extranjeros.

No sé si he dicho antes que Florencia es lo que es en la historia del arte, no por lo que contienen sus museos, tan buenos y ricos como los más ricos del mundo, sino por el ambiente artístico que en toda ella se respira. Y cuando digo arte entiéndase civilización, pues el desarrollo de las letras y de la pintura y escultura en aquel privilegiado suelo representa un grado social extremadamente superior al de todos los países de Europa en los días gloriosos y trágicos de aquella República. Después de Atenas, ninguna ciudad del mundo ha sido como Florencia, bajo el protectorado de los Médicis, cátedra y cuna del saber humano. Y las huellas de esta hegemonía intelectual no han sido borradas por los siglos. Aún se perciben claramente en la moderna capital de Toscana, que fue el verdadero cerebro de Europa, cuando los pueblos del norte vivían sumidos en la barbarie y los de Italia se desgarraban en sangrientas rivalidades. Porque el desarrollo de sus artes plásticas no fue un mero accidente, sino que iba acompañado de la riqueza, amasada con las perfecciones de la agricultura y de la industria, del saber político, del refinamiento de las costumbres, si bien éstas distaban mucho de ajustarse a los principios morales que los modernos reconocemos y acatamos.

El fenómeno histórico que hay que señalar principalmente en la civilización florentina es la disparidad entre el principio moral y los florecimientos de la cultura.  Toda la época gloriosa para las letras y el arte comprendida entre Dante y Maquiavelo, entre Gimabue y Benvenutto Cellini ofrece en la historia, salvo algún período relativamente corto, las más sangrientas y enconadas guerras civiles, discordias y crímenes horrorosos.

Algunos escritores, escudriñando con perspicaz filosofía estos fenómenos, han derivado estos dos efectos tan distintos de una sola causa, llegando a afirmar que el desarrollo artístico y la facultad eminente de sentir y expresar la belleza no podían producirse sino en épocas esencialmente trágicas y perturbadas, y que las discordias y las artes eran plantas igualmente viciosas y lozanas nacidas en aquel rico suelo, tomando su savia de las condiciones especiales de la raza etrusca.

El pueblo florentino, en tiempo de los Médicis, tenía constantemente ante los ojos espectáculos magníficos que eran la expresión gráfica de todo lo que se sabía acerca de la antigüedad griega y latina. Si los césares de Roma divertían y adormecían a su pueblo con las sangrientas funciones del Circo, los príncipes florentinos le entretenían y subyugaban con estupendas cabalgatas, representando al mundo pagano; y esto ocurría casi diariamente, y el pueblo iba adquiriendo ideas sobre la belleza del naturalismo mitológico, que llegaron a constituir en él una verdadera educación. Por las calles de Florencia paseaban en vistosas cabalgatas, dispuestas con arte suntuoso, todas las creaciones del paganismo y sus formas peregrinas.

El pueblo aquél sabía más de lo concerniente al mundo pagano, que los sabios de otros países y otras edades. Añádase a esta formalidad continua con el mundo clásico, la riqueza y la elegancia de los trajes, los esplendores de la arquitectura y se comprenderá que en tal atmósfera y  entre tal cúmulo de circunstancias favorables no podían menos que producirse espléndidamente todas las artes.

En tales condiciones, Florencia es el suelo fecundo en que nacen con vigor y lozanía las manifestaciones de la belleza, propagándose rápidamente en toda Italia. No son hijos de Florencia todos los artistas que representan este extraordinario florecimiento, pero los más de ellos han dejado su nombre unido al de la ciudad del Arno. La arquitectura produce a Arnolfo di Cambio, atrevido constructor de la catedral florentina; a Brunelleschi, Michelozzo, Benedetto Majano. La escultura con Lucas della Robbia, Ghiberti, Donatello, predecesores de Miguel Ángel y de Benvenutto. El ciclo de la pintura ábrese con Giotto y Cimabue, cuya escuela prevalece por espacio de un siglo, y después aparecen Masaccio, Filipo y Filipino Lippi, Boticelli, Ghirlandaio, Verrochio, Fra Angélico y por fin la trinidad semidivina de Leonardo, Miguel Ángel y Rafael, que trabajan en Florencia, casi al mismo tiempo que Lorenzo di Credi, Andrés del Sarto y Fra Bartolommeo. El carácter de la pintura florentina cosiste principalmente en la glorificación de la belleza humana.

El sentimiento religioso está casi siempre subordinado al sentimiento de la forma, y la belleza ideal no puede ni sabe expresarse en ellos sino por las perfecciones del cuerpo humano, el vigor varonil, la gracia y seducciones femeniles. Lo que ha influido esta tendencia en el desarrollo del arte universal no hay para qué decirlo. Es la verdadera resurrección de las letras clásicas, enalteciendo el estudio de las humanidades. El cristianismo se apropió, pues, el sentimiento pagano de la forma, reconciliándolo con el espiritualismo, y obteniendo con la fusión de ambos elementos una fuerza considerable. De aquí se derivan las magnificencias del culto católico, sus formas esplendidísimas que impresionan la imaginación del creyente y embelesan sus sentidos, contribuyendo a sostener y avivar la fe. El arte florentino, cristianizando las formas paganas, ha sido, pues, de los principales catequistas de la humanidad y un colaborador eficacísimo de la idea católica.

Esto se siente visitando aquella cuna de las artes, que aún hoy, en medio de la cultura europea, conserva no sé qué signos de nobleza y superioridad, como el soberano destronado que no pierde jamás los hábitos y maneras de rey.

Florencia tiene el sello aristocrático que en vano se busca en ciudades mucho más grandes y opulentas. Desde que se entra en ella adviértase que ha sido morada del pueblo más espiritual del mundo, y que en ella los actos de la forma han sido verdaderamente populares. Lo que en otras ciudades no se encuentra más que los museos, encuéntrase allí en medios de las calles. Las estatuas que París y Londres guardan como joyas en doradas estancias, vence allí a la intemperie custodiadas por el pueblo. En ninguna parte hay nada semejante a la Loggia di Arcagna, que es un museo de selectas esculturas en mitad de una plaza. Allí están desde hace tres siglos el Perseo, de Benvenutto; Las Fabrias, de Baccio Bandinelli, y la Judit, de Donatello, sin que el transcurso de los siglos hayan sufrido la más ligera injuria de la plebe que constantemente las rodea. La plebe está familiarizada desde tiempo inmemorial con estas maravillas del arte. Junto a sus pedestales se sientan los vendedores de periódicos; allí enredan los chicos traviesos los facchinos o mozos de cuerda se sientan en los escalones de la logia. Verdaderamente, es un pueblo rey el que respeta y honra las obras del ingenio. Y cuando las respeta es que sabe apreciarlas, teniendo la conciencia de que tanta hermosura ha sido creada para todos los ciudadanos desde el más algo al más humilde.

No lejos de la plaza della Signoria, donde está la renombrada logia, admiramos la iglesia de Or San Michele, con sus cuatro fachadas góticas y sus soberbias estatuas, hechas en concurso de maestros por Donatello, Ghiberti, Baccio de Montelupo y Nanni di Banco. Cada santo de los allí esculpidos pertenece a un gremio o corporación de la ciudad. Más allá de Calzaiuli, encontramos la logia del Bigallo, delicadísima construcción gótica, y frente a esto la catedral, más hermosa exterior que interiormente; el esbelto campanile, el baptisterio y sus afamadas puertas de bronce. En el breve espacio que media entre las dos plazas, la del Duemo y la della Signoria, encuentra el forastero mucho que ver y que admirar. Si después se interna en las calles que rodean el mercato nuovo, si recorre la del Proconsolo se aproxima a Santa Croce, vuelve después hacia el puente vecchio y echa un vistazo a las pintorescas orillas del Arno; si alarga sus pasos hasta la mole del palacio Pitti, y retrocediendo hasta el corazón de la ciudad contempla el palacio Strozzi, el Riccardi y los demás que a cada paso se encuentran, si se dirige a la característica plaza de Santa María Novella y al fin atraviesa de nuevo los barrios centrales por las vías de Tornabuoni y Porta Rossa hasta llegar al punto de partida, o sea, la plaza della Signoria, y allí se examina la fachada feudal del palacio Vecchio y su airosa torre, se habrá hecho cargo de Florencia y de la cantidad de belleza artística que pueden admirarse en ella desde la vía pública.

Ésta conserva en las fachadas de los edificios, en los empedrados, en las muestras o enseñas de algunas tiendas, el carácter antiguo con tanta fidelidad que parece no han pasado los siglos por ella. Florencia es antigua sin dejar de viva y alegre; no es ruina venerable, sino herencia transmitida como por ensalmo a través de las edades. A este efecto contribuye la admirable conservación de estatuas, bajorrelieves, inscripciones y de todos los detalles arquitectónicos. El respeto al Arte es allí una religión, quizás más arraigada en el espíritu de aquel pueblo que el sentimiento religioso. Más se venera a las imágenes por bellas que por santas, y más por el recuerdo del artista que las hizo que por la conmemoración de la divinidad que representan.

La descripción de esta sin igual ciudad es cosa difícil y que necesariamente ha de ocupar mucho espacio. No puedo ni debo hacerla. Sería de seguro insuficiente para los que no  conocen Florencia, y quizás inútil para los que la han visitado.

Me concretaré en señalar aquello que por su importancia artística se sobrepone en el espíritu del viajero a la multitud de emociones que a cada instante recibe en ciudad tan maravillosa. Los museos son admirables,  más para verlos y examinarlos es preciso vivir en Florencia largas temporadas. Daré una idea ligera de lo culminante que es cada uno de ellos existe. Sus iglesias no son tan numerosas ni tan ricas en obras de arte como las de Roma; pero San Lorenzo y Santa Croce contienen los sepulcros de las más altas personalidades que en Italia han existido, y bajo este concepto exigen detenida visita.

La galería degli Ufizzi y la del Pitti contienen las obras más afamadas de la pintura florentina. El primero de estos museos es más completo, como archivo, digámoslo así, que ilustra la historia del arte; el segundo es más general, quizás más selecto. Ambos dan a conocer el desarrollo de la pintura en Italia y no arrojan mucha luz acerca de los demás países. Como colecciones italianas son sin disputa los primeros del mundo. En degli Ufizzi hay también esculturas antiguas de primer orden, no inferiores a las del Vaticano, como la Venus de Médici, el Sátiro, los Luchadores y el famosísimo de la Niobe y sus hijos. La célebre sala llamada la Tribuna es un verdadero Olimpo, en que los dioses mayores del arte italiano aparecen en su divino certamen.

Rafael, Miguel Ángel, Andrés del Sarto, Mantegna, Tiiziano, solicitan la admiración en grado igual, y el entusiasmo se ve constreñido por la perplejidad.

El palacio de Podestà, denominado de Bargello, edificio de la Edad Media, de líneas severas, y ornamentación rica, sobre todo en su magnífico patio, está destinado actualmente a museo Nacional. En él hay pintura, pero es riquísimo en esculturas y aún más en ejemplares magníficos de arte industrial. Allí se ve se comprende mejor que en parte alguna el desarrollo inmenso de la cultura florentina y hasta qué grado increíble prosperaron en aquel pueblo las manufacturas suntuarias. No hay colección alguna que se iguale a la del Bargello, pues si bien los museos de Kensington en Londres, de Cluny en París y el Industrial de Berlín, encierran cantidades inmensas de objetos de esta naturaleza, gran parte de ellos son imitaciones y copias hábilmente hechas.

El museo nacional de Florencia, a más de las obras de escultura de Miguel Ángel, Benvenutto, Donatello, Juan de Bolonia, Pedro Tacca, que adornan sus salas, contienen incalculable cantidad de producciones de un orden inferior, pero muy apreciables, como las terracottas de Luca della Robbia, bronces decorativos, joyas, marfiles, tapices, muebles, instrumentos músicos, objetos de culto católico, herrajes, armaduras, telas y cerámicas diversas. En la capilla consérvase el célebre fresco de Giotto con el retrato del Dante, que se considera auténtico y del cual proceden las infinitas reproducciones que nos han familiarizado con la espiritual fisonomía del gran poeta.

La Academia es otro gran museo, casi exclusivamente consagrado a Miguel Ángel. Allí descuella el colosal David, que hasta hace poco estuvo en la plaza della Signoria, obra imponente y atrevida que expresa toda la grandeza de las concepciones de aquel maestro de los maestros. En la misma sala hállanse los bocetos  de Miguel Ángel y reproducciones de todas sus obras célebres. El resto del museo lo componen colecciones completísimas de pintores anteriores al Renacimiento y es un verdadero archivo histórico de los orígenes del arte florentino.
A más de esto Florencia encierra maravillas que por sí solas bastarían a hacerla interesante. San Marcos guarda los frescos de Fra Angélico, la celda en que habitó este excelso artista iluminado, y la de Savonarola.

San Lorenzo encierra los sepulcros de los Médicis, modestos los de Cosme y Lorenzo, lujosísimo los de otros individuos menos célebres de aquella ilustre familia.
Los de Julio y Lorenzo, duque de Urbino, en la Sagrestía nueva, son gallarda creación de Miguel Ángel. Por fin, Santa María Novella ostenta frescos interesantísimos, y en todas las iglesias y palacios de la incomparable ciudad se guardan mil primores cuya descripción no cabe en espacio breve, y que agota la admiración misma del visitante.

Recorriendo la hermosa nave de Santa Croce encontráis también el sepulcro de Galileo. El panteón florentino guarda también las cenizas del poeta Alfieri, lombardo de origen, y las de su amiga la condesa de Albany; las del poeta moderno Pío Fedi, las del grabador Morghen, las de Aretino, encerradas en hermoso sepulcro del Renacimiento; las del físico Micheli, las del arquitecto Alberti, las del compositor Cherubini y las de otros muchos de fama menos extendida. Fuera de esto, Santa Croce es un verdadero museo que sería visitado y escudriñado con particular atención si estuviera en otra parte; pero Florencia es tan rica en maravillosas obras de arte, que los frescos, las estatuas y los gallardos altares y púlpitos que adornan las iglesias son mirados al fin por el viajero, si no con desdén, con fatiga de los ojos y el espíritu.
Las fachadas de Santa Croce y del Duemo muestran de qué modo tan singular adoptaron los toscanos la arquitectura ojival, desvirtuándola y acomodándola a su genio y tradición artística. Este arte híbrido que tiene por padre el espiritualismo y por madre la musa pagana, es lo más característico de aquel país en construcciones religiosas, así como en las palatinas tiene la especialidad incontestable del estilo severo y rudo inspirado en la arquitectura militar. Sus iglesias ostentan en su exterior mármoles blancos y negros combinados con delicadeza femenina, formando un gótico voluptuoso y decorativo que no nos da la impresión de misterio y misticismo de las iglesias del norte. En cambio, los palacios, construidos de piedra oscura, son macizos, de líneas muy sobrias, combinada la robustez con la elegancia.

No es posible abandonar Florencia sin subir a San Miniato al Monte. El cementerio próximo a la iglesia es interesantísimo, y la iglesia, que sirve de enterramiento a las familia aristocráticas de la ciudad, merece una visita. Su arquitectura, restaurada con mucha inteligencia, ofrece más elementos quizá que los interiores del Duomo y Santa Croce para el estudio del estilo toscano de la Edad Media. Desde San Miniato, y en todo lo largo y tortuoso paseo denominado viele dei Colli, la vista abarca el panorama inmenso de los alrededores de la ciudad y de la ciudad misma, panorama que es sin género de dudas uno de los más hermosos de Italia. La bien cultivada campiña extendiéndose a orillas del Arno, limitada por las colinas cubiertas del obscuro verdor de olivares y cipreses.

El paisaje es bello sobre toda ponderación, pero no risueño. Hay en él una melancolía dulcísima que induce a la meditación, que despierta anhelos de soledad penitente. Es el paisaje triste y minucioso que sirve de fondo a los cuadros de todos los pintores florentinos del siglo XV.

Dichosa tierra la que ha visto hombres tan extraordinarios en el arte, en la política, en la ciencia. Miguel Ángel, Dante, Galileo, Maquiavelo. Bastan estos nombres para ilustrar la Europa entera, y Florencia tiene la gloria de llamarlos sus hijos.




Los anteriores 
"argumentos" 
son aplastantes.

Quizás los detractores de Galdós 
- "el más grande escritor español de todos los tiempos" -
 continúen empecinados en no reconocer 
SU SUPERIORIDAD.

Debería 
- junto a Dante -
 estar en La Signoria (no muy lejos de Savonarola) 
con la leyenda:

"Detente, pasajero, ¿por qué vas tan aprisa?
Lee, si puedes, quiénes son estos que se llevó la envidiosa muerte...

DANTE -  GALDÓS

con quien la vivida Naturaleza murió;
cuyos nombres adornan estos monumentos
mucho más que el mármol
pués cuando escribieron
supieron convertir el arte en mero paje
servidor de su ingenio"

Probablemente el esfuerzo resulte inútil para tal fin, pero el medio me permite hacerle un regalo de cumpleaños a esa hermosa y maravillosa mujer,  que viajó desde GRAN CANARIA a FLORENCIA para disfrutar del pasado, vivir el presente y construir el futuro.

Con gente así... se fabrica el mundo.
Feliz cumpleaños, hija.